Relatos breves, poemas y paridas varias

Saturday, March 04, 2006

Los ojos de Maga
Es en medio de esta avenida de una gran ciudad, gris donde estoy contemplando por última vez a Raúl: nuestro entrañable anciano indigente de ropajes gastados que duerme sobre cartones en el portal de un abandonado cine. El cine está condenado a muerte: su solar ha sido comprado por una inmobiliaria, y cuando lo derriben, sé con toda seguridad que ninguna pareja de enamorados cuya historia de amor estuvo asociada a la intimidad de aquellas paredes, derramará un sólo lamento. Lo sé.
Tras intentar inútilmente por enésima vez que la secretaria de redacción del periódico me pague los artículos de este mes y del pasado, procuro no acalorarme demasiado y me muestro comprensivo con la compañera, que apenas ha llegado hoy de sus vacaciones de julio en alguna isla mediterránea e intenta aterrizas en medio de un caos de papeles. Voy a la máquina del agua, saco una botella y la bebo, mientras alguien me comenta la última estéril, absurda batalla política, en la que la oposición culpa al gobierno de un incendio. Mañana quizá le culpe de que un rayo ha desmochado alguna torre.
Aparto los visillos de la ventana de mi oficina y mientras escucho a mi colega contarme sus insignificantes problemas, como si fueran los más importantes del mundo, contemplo como Raúl intenta cruzar la calle sorteando con una seguridad temeraria los vehículos que circulan por aquella arteria, guiado por Maga, un labrador blanco con una mirada tan tierna como la de su dueño. Tan tierna que ninguno de los pocos que cada día le llevamos comida podemos dejar de sentirnos seducidos por la belleza del animal.
Un perro que en el fondo, hizo las veces de anzuelo para descubrirnos la vida de su dueño, a nosotros, que cada día escudriñamos a miles de personas intentando, sin conseguirlo, que nos cuenten algo que sea verdad. Los que queremos a aquel animal y a su dueño intuimos que el pobre perro se ha asustado en medio de un caos de ruedas y humo insalubre, por eso ha mordido a un motorista que le propina una patada, provocando un accidente de tráfico.
Mi colega llama a la policía, después de que ambos comprobamos preocupados, que en medio de una avenida yacen sin sentido, un viejo indigente, un motorista y un perro blanco en medio de un caos de vehículos en el asfalto casi derretido de agosto.
Media hora después, la ambulancia se lleva al indigente, al motorista y al perro, mientras la policía restablece el tráfico. Nunca más volvimos a verle.
-Creo que alguien debería contar la historia de ese hombre. Estas son las historias que merecen la pena. Dije a mi compañera, emocionado.
-La vida de ese pobre viejo y su perro no le interesa a nadie. -Me respondió-. Por un momento dudé.
-Voy a intentar publicarla, hablaré con el director.- Mi compañera sonrió irónicamente.
-Las guerras pasadas ya no interesan a nadie. Interesa la guerra de hoy. Métetelo en la cabeza. Dijo tirando sobre la mesa la portada del periódico del día que hablaba de la última polémica entre los dos partidos mayoritarios, mientras se daba la vuelta y avanzada por el pasillo central de la redacción, contoneando su respingón culo embutido en una falda de cuero negro, atrayendo las miradas de todo el mundo.
Durante el resto el día, caminé triste por la redacción, transcribí algunas notas de prensa, y terminé mi página de rigor, hasta que por fin, el jefe de mi sección me dio la tarde libre: -Es agosto, no hay noticias que contar, no tenemos ninguna historia interesante- argumentó.
-Yo tengo una historia interesante que contar.- Le dije.
-¿Que quieres decir?.- Mi jefe me observaba con cara de curiosidad,
-Quiero decir que es absurdo que no contemos lo que tenemos delante de nuestras narices, sobre las personas que tenemos al lado, mientras nos volcamos con el famosillo de turno o la ultima locura de EEUU, que no le interesa a nadie. O repitamos los mismos teletipos y ruedas de prensa que los demás diarios.
Mis compañeros me observaban como si dijeran, “te estás jugando el cuello, chaval”.
El director del periódico miró al suelo sin decir nada, se encaminó hacia su despacho apenas sin hacer ruido sobre la moqueta y entró haciéndome el gesto de que le siguiera. Cuando entré cerró la puerta a mi espalda.
-No me gusta que discutan la línea editorial del periódico en público, delante de los compañeros. Otra cosa es en privado. A ver, cuéntame la historia que crees que debemos contar.
-Bien pero es una historia larga. Repuse yo. No es una historia estrictamente periodística, pero te aseguro que es muy real y sobre todo reciente. Entonces resolví contársela de forma que pudiese vivirla, gracias a mi generosa imaginación, esa sería la única forma de convencerlo.
-Comienza. Te doy una hora. Si la historia es buena, la someteremos al comité de redacción.
Entonces empecé a contarla como si fuera una película.
La caravana se movía como un animal enloquecido mientras se ponía el sol tras las montañas. El joven Raúl ya sabía que tendría que hacerse a sí mismo, ávido de aprender sin nadie que le enseñase, lleno de preguntas sin que nadie le ofreciese respuestas. El odio se masticaba en su familia, en su casa, en su país. No podía soportar aquel aire, aquella agua estancada y maloliente así que decidió irse.
-Me gusta, pero resume, no tengo todo el tiempo del mundo, ahorra detalles y adornos poéticos.
-Pero los detalles son importantes. Repuse. La poesía es importante. La poesía llega al alma. La prosa sólo al intelecto.
-Bueno, bueno, no te enrolles y sigue.
En la caravana había toda clase de vehículos casi empotrados unos con otros, formando un tapón que impedía todo avance. Las gentes se lanzaban entonces fuera de los coches y los camiones empujados por el ansia de alcanzar cuanto antes el límite fronterizo. La mayoría eran trabajadores del campo y albañiles de sencillas alpargatas, de tez morena y manos cuarteadas por el trabajo. Entre los hombres de la caravana pesaba como una losa, un triste aire de desesperanza, como si ya no hubiese más batallas por luchar. Muchos de aquellos hombres miraban tristemente sus manos.
El director del periódico desplazó su mirada hacia sus manos, quietas, sobre la mesa de su despacho, martilleando el cuero de la cubierta de la mesa con el dedo índice, mientras las mías volaban por el aire, explicándose y captando su atención.
De repente sonó el teléfono en el despacho y el director descolgó el auricular, le dijo a su secretaria que no le pasase más llamadas a no ser que fuese algo realmente urgente, volvió a colgar el teléfono, se aflojó la corbata, se soltó el botón del cuello de la camisa y me miró a los ojos.
-Sigue.- dijo con voz fría.
La confusión invadía las calles, la aviación enemiga sobrevolaba los tejados. Sobre las escaleras de las catedrales, dormían niños y mujeres. Soldados aturdidos buscaban un jefe, mientras la muerte de los poetas pasaba desapercibida. Retumbaba el monte, el mar humeaba, y el lúgubre alarido de la sirena, llenaba de frío las almas, cuando los aviones surcaban el horizonte. Atrás quedaban los días azules y el sol de la infancia.
Cerca de los Pirineos comenzó a nevar sin tregua y muchos caminos y pasos fronterizos quedaron cerrados. Se hizo necesario entonces cruzar a pié con la nieve hasta las rodillas.
Raúl y su hermano se quedaron rezagados por culpa del cansancio, a la cola de la caravana, mientras los caminos ascendían por las pendientes cada vez más escarpadas y llenas de nieve. Los hombres más fuertes tenían que relevarse a la cabeza para quitar la nueve a paladas, que permitiesen que los demás pudiesen seguir avanzando. Era una tarea titánica. Decidieron pasar la noche en una cueva natural que encontraron cerca del camino principal, aunque la mayoría no pudo pegar ojo por culpa del frío a pesar de la candela que encendieron. Raúl tuvo que levantarse varias veces a calentarse los pies, pues los sentía tan fríos que temía se les fuesen a congelar.
Amanecía cuando Raúl despertó. No quiso perderse el espectáculo y se asomó a la boca de la cueva para adivinar cómo en medio de la inmensidad blanca emergían dedos rosados del alba. Finalmente el día se presentó como un regalo que no se podía desaprovechar. Los rayos de sol rebotaban contra la nieve como en un espejo.
De vez en cuando las nubes necesitaban contacto humano y descendían para

rozar algún castillo que reinaba sobre una cima rodeado de un barrio de

aspecto moruno, entre torrenteras que bajaban entonando el canto de la vida.

Vertiginosos desniveles rodeaban el camino, desafiando a la gravedad, entre el

reino de lo horizontal y el reino de lo vertical, entre el reino del hombre y el

reino de la naturaleza, abrochando, dando sentido. Vivir allí parecía un

desafío.

-Sé de lo que me hablas. Mi familia es oriunda de las montañas. Cuando yo iba

de visita siendo niño, siempre sentía ese vértigo al verlas.

-Claro. El hombre, siempre en lucha con la naturaleza, ha visto las fuerzas de la tierra desatadas, convirtiendo en escombros lugares como ése, tras alguna tempestad desatada. Los hombres de la montaña han visto al agua, aliada de las rocas, que locas bramaban por las laderas de la peña de los halcones acabando con casi todas las casas del pueblo. Aviso de que la madre tierra, siempre acaba por reclamar lo que es suyo.
Raúl, se sentía optimista y salió a dar un pequeño paseo para contemplar el paisaje. Su hermano desayunaba un poco de leche e intentaba calentarse mientras oyeron una vibración, primero imperceptible, y luego en aumento hasta convertirse en un estruendo ensordecedor, casi como un terremoto.
-Un alud. ¿Hay alguien fuera?. Gritó un hombre en el interior de la cueva.
-Sí, el muchacho moreno que viaja con su hermano salió a dar un paseo.
-¡Mi hermano¡. Gritó Toni. Hay que hacer algo por ayudarle.
Todos salieren afuera para contemplar que el alud había cubierto una gran área bajo la que probablemente se encontrase Raúl. Así que no había tiempo que perder, inmediatamente se organizaron grupos con palas para buscarlo antes de que se congelase bajo la nieve.
Fue en medio de la desesperación cuando por fin encontró como salido de la nada a Joan, el mejor amigo de su padre, que había viajado desde que salieron de Solsona con ellos sin haberse encontrado. Toni solo supo decirle entre lágrimas:
-Ayúdame por favor, mi hermano....
-¿Raúl está bajo la nieve?.
-Creo que sí, una mujer lo vio salir de la cueva justo antes de la avalancha.
Inmediatamente Joan organizó junto a varios conocidos su propio grupo para buscar a Raúl. Entre ellos había expertos rastreadores conocedores de la montaña, que viajaban con sus perros. Los canes no tardaron en encontrar algunas pisadas humanas, que pronto se perdían bajo la nieve. Los dos perros rastrearon cerca de una hectárea en una media hora y de pronto encontraron una mano en medio de la nieve. Siguieron cavando y encontraron a Raúl que estaba semi inconsciente. Pronto lo llevaron al interior de la cueva, lo taparon con mantas y le practicaron la respiración boca a boca. Lograron reanimarlo a los pocos minutos. Cuando Raúl abrió los ojos por fin, vio a su hermano con lágrimas en los ojos, a un grupo de hombres a su alrededor y un perro labrador de color blanco empezó a lamerle en la mejilla, diciéndole “bienvenido a la vida”.
Toni se abrazó a su hermano y cuando logró dejar de sollozar le dijo:
-Gracias a él, estás con vida.-, dijo señalando al perro.
El director no hizo ningún comentario, descolgó el auricular y le dijo a su secretaria:
-Convoque inmediatamente al comité editorial, antes de las dos. Me dio la mano con una sonrisa que yo intuí de enhorabuena y me hizo salir del despacho. Una hora después, el comité editorial había decidido que la historia de Raúl se publicaría. Sería un reportaje en la sección de sociedad, donde no había nada más interesante que contar. Inmediatamente, me puse a trabajar emocionado. A las tres de la tarde hice una pequeña pausa para comer un bocadillo de que previamente había pedido a la cafetería.
A las seis de la tarde el reportaje estaba concluido. Había logrado encontrar algunas fotos de Raúl y su perra, Maga, durmiendo en el portal abandonado del cine, que un día hizo un fotógrafo del periódico, y otra de Raúl, vestido de miliciano en la Guerra Civil.
El reportaje de dos páginas había quedado genial, estaba satisfecho de mí mismo. Una grata sensación que no duró mucho. Al poco rato me llamó el director para decirme que un trasbordador americano había estallado matando a sus siete ocupantes, al intentar entrar en la atmósfera y que necesitaba mis dos páginas de la sección de sociedad. La historia de Raúl nunca llegó a ver la luz en el periódico.
Apenado, saqué con la impresora el reportaje, lo doblé y lo metí en un sobre. Deambulé por las calles y luego busqué la tumba de Raúl y Maga, tan lejos del cine, tan lejos de la nieve. El sobre fue lo único que pude dejarles como un silencioso homenaje.

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